OSTROGODOS

 

Estabamos en el bar Castelar con el vasco Mendizabal y con Marcos Amengual cuando éste, dando un respingo, exclamó: "¡mirá vasco, mirá, ahí va el Oreja Galindez!". Mendizábal, siempre parco, sin alzar la cabeza ni dejar de pergeñar caricaturas en su block de notas, dijo que el Oreja había muerto hacía dos meses.

Amengual, contrariado, le reprochó:

¡Cómo no me avisaste!.

Mandizabal le cruzó una mirada indescifrable.

"¿Quién es el Oreja?, pregunté y Amengual, todavía consternado me dijo: "Preguntale a éste que era el amigo del alma".

Me picó la curiosidad pero preguntarle algo al vasco es mortificar la paciencia de modo que, para redondear la historia, tuve que pasar noches enteras a su lado, conversando de bueyes perdidos y tomando veintenas de cafés mientras él tendía las líneas de sus caricaturas; porque el vasco, además de atorrante, es un dibujante de lujo, tanto que fue caricaturista del diario hasta que se jubiló.

El vasco dibujaba sin alzar los ojos de la mesa y hablaba sin bajar el cigarrillo de los labios, cayendo en silencios que dejaban las frases como ropa tendida hasta que las retomaba en el punto preciso en que las había interrupido.

"A Galindez lo conocí en el «Bar Félsina»" me dijo un día, sin que hubiera mediado pregunta alguna.

"Era uno de esos atorrantes que no pasan desapercibidos en ningún lado. Cuando en el «Félsina» volaban las sillas, lo que sucedía a menudo, el Oreja se refugiaba en el costado más protegido y allí se quedaba, alentando imparcialmente a los rivales, acercándoles algún sifón para mantener vivo el combate".

Aprovechando la veta le pregunté por qué le decían el Oreja, pero el vasco se limitó a decir:

"¡Vaya uno a saber!"; una respuesta elusiva porque él no podía ignorar el origen del apodo. Entonces, para cubrir sus retinencias, empecé a abrevar en otras fuentes.

Por lo que pude averiguar de boca de varios que lo conocieron el Oreja no era ni alto ni bajo para una época en que sobraban los retacones1 y debía tener unos cincuenta y cinco años para el final de esta historia. Era picado de viruela, flaco, caído de hombros y tenía la manía de andar con un algodón amarilleado en el oído derecho, al que periódicamente renovaba, guardando el reemplazado en el bolsillo del chaleco de lana, como si le costara desprenderse de él. Algún cretino tuvo el mal gusto de echar a rodar la especie de que el Oreja tenía agusanado el oído, lo que constituía una burda mentira; pero ya se sabe que la gente termina creyendo cualquier estupidez que le sea propuesta con insistencia.

Una vez don Nicanor, que era un verdadero personajón --entre otras cosas dueño del diario-- le preguntó si era cierto lo de los gusanos. Se lo dijo serio, bien serio. El Oreja lo miró fijo y le contestó con compostura, aunque casi polémicamente:

"Sólo cuando escucho estupideces me sale el gusano, pero lo reviento enseguida"- y con las mismas se sacó el algodón de la oreja, hizo como que aplastaba algo dentro del algodón, guardó el tapón usado en el bolsillo del saco de lustrina gris, con parsimonia sacó otro algodón limpio de una caja de fósforos Ranchera y lo colocó en el lugar del anterior.

Don Nicanor, que no era lerdo, comprendió y con toda humildad le dijo:

"Perdon Oreja, fue una broma de mal gusto".

Y si nombro a don Nicanor no es por casaulidad ni por capricho; la pura verdad es que sin él esta historia sería insípeda. Porque la cuestión es que don Nicanor y el Oreja, contra toda lógica, se hicieron amigos, o algo parecido; ¡y vaya uno a saber de dónde salió una amistad tan despareja! Porque será cosa de todos los días que una mina bien surtida se levante a un bacán,2 porque un capricho lo tiene cualquiera, pero que un bacán se amigue con un ratón3 no es nada común.

Hubo múltiples teorías meramente conjeturales sobre el origen de esa amistad: que se conocieron en el Hipódromo; que el Oreja, con un cabeceo, le marcaba a don Nicanor los caballos ganadores, que en los remates le señalaba los potrillos que convenía comprar, yo qué sé...mil historias que podían ser ciertas o no.

Sobre si la amistad se inició en el Hipódromo los más clasistas decían que al Oreja no lo hubieran dejado entrar al paddock ni para el Dia de Todos los Santos pero otros replicaban triunfalmente que no era que el Oreja fuera al Paddok sino que don Nicanor se corría a la popular para que su amigo le pasara los datos.

Fuera por uno u otro motivo la verdad era que don Nicanor cada dos por tres se hacía repeluz diciendo que iba a visitar a los miembros de la «Comisión de Carreras pero cuando volvía solía traer una fija ganadora que generosamente compartía con los redactores, dibujantes y colaboradores del diario.

El Oreja, entre tanto, recorría las tribunas, los pasillos y las boleterías haciéndose el distraído, escuchando el runrún de los grupos con la misma cara de estúpido que uno de esos veraneantes que se atornillan a un caracol para escuchar el bramido del mar. Dicen, los que lo conocieron, que en su moroso paseo el Oreja solía ser saludado con un guiño, o con una seña casi imperceptible, por uno u otro jockey, lo que daba pábulo a múltiples conjeturas.

El asunto es que en el Hipódromo el Oreja y don Nicanor, juntos, lo que se dice juntos, nunca fueron vistos pero había quien sotenía que don Nicanor se ponía a tiro de pedrada y entonces el Oreja alzaba una ceja, o movía una oreja, o se rascaba la mollera para que don Nicanor supiera a qué atenerse.

Lo que era seguro es que don Nicanor ganaba a menudo; por su parte el Oreja jugaba centavos, de acuerdo con su aparente condición, con suerte variada. Los descreídos de siempre deslizaban que el Oreja Galíndez, de puro agarrado, no decía cuándo ni cuánto ganaba; los que lo querían bien, en cambio, aseguraban que don Nicanor le tenía prohibido apostar para que no se avivara el zonzaje y que, por interpósita persona, apostaba por el Oreja y luego repartían las ganancias.

Pero lo que sí es indudable es que el Oreja, con sus pantalones negros bien planchaditos pero brillosos, con sus rodilleras mal disimuladas por la hacendosa plancha de la mujer, con su saquito de lustrina gris espejado -con los dos óvalos de cuero disimulando los agujeros de los codos- con sus brillantes zapatos de hule cuarteado, salía del Hipódromo lo más campante, charlando con gente de prosapia, sin emitir ni una queja por las pérdidas que pudieran haber habido y sin aceptar que nadie lo llevara en coche o le pagara el pasaje.

Pero hubo otro tipo de especulaciones sobre las causas de aquella amistad que llegó a ser el comentario obligado en altos círculos sociales, hasta el punto que algunos de los más audaces llegaron a preguntarle al mismísimo don Nicanor sobre cómo un señor de su alcurnia había condescendido a amigar con el Oreja; don Nicanor, molesto, sentenció que hay muchas maneras de tener clase y que la clase no se compra en los mostradores ni en los remates de hacienda.

Al margen de las especulaciones propias de antros hípicos en círculos áulicos se especulaba sobre el singular hecho de que el Oreja fuera visita consuetudinaria en el diario de don Nicanor; en efecto, las fuentes consultadas reconocen sin excepción que todos los días, al caer la tarde, a la hora en que se comenzaba a imprimir el vespertino, don Nicanor preguntaba si ya había llegado el Oreja, aunque en el fondo de su alma sabía que lloviera o tronara siempre, justo cuando empezaba la impresión de la Sexta Edición, el Oreja aparecía en la portería del diario y con todo recato le preguntaba al petizo Barquina, así llamado porque para encontrarlo había que ir a buscarlo al Bar de la esquina, si "el Patrón estaba visible".

¡Apúrese don Oreja que don Nicanor lo está esperando!- le contestaba Barquina y con las mismas -porque para ser portero hay que conocer a la gente- lo tomaba deferentemente del brazo, lo acompañaba hasta el ascensor y perentoriamente le decía al ascensorista:

"¡Al señor «me» lo lleva hasta el despacho de don Nicanor, directo y sin escalas!".

El valor del acusativo lo entendía cualquiera pero no a cualquiera le era discernido. Ese «me» implicaba conocer los códigos íntimos de la empresa, cuyo secreto compartían algunos elegidos, e implicaba que el destinatario, en función de esos códigos, merecía una consideración especial.

En cuanto el portero se alejaba el Oreja, que en el fondo era tímido, le decía al ascensorista:

"Vos me parás en todas, como tren lechero, y no me dejás a nadie a pata; ¡no vaya a ser que se crean que me tragué el sable!".

El Oreja entraba al despacho de don Nicanor inmediatamente pues había orden de no hacerlo esperar, estuviera con quién estuviese el patrón. Hubo edecanes de la Presidencia, Diputados, Gobernadores y más de una damisela perfumada en francés que tuvieron que dar por terminada la conversación, o lo que fuera, porque había llegado el Orejae incluso ocurrióque, cuando cruzaba las antesalas primereando a personas bien empingorotadas, alguno se levantara a su paso como si estuvieran tocando el Himno Nacional.

Entonces Don Nicanor lo hacía pasar a su escritorio y ordenaba que llevaran dos cortados dobles, sánguches de miga, quesos varios en cubitos, papas fritas, aceitunas y saladitos; después entraba el mozo con una botella de «Cinzano», hielo y soda. Siempre lo mismo y a la misma hora porque don Nicanor era tan supersticioso como apegado a los rituales

Entonces el Oreja decía, con su proverbial dignidad:

"Gracias don Nicanor; siempre viene bien un vermucito antes de la hora de la cena", aunque muchos suponían que ese tentempié le tenía que durar hasta la mañana siguiente, cuando fuera a desayunar de arriba gracias a que era amigo del adicionista de «La Cosechera».

El Oreja se quedaba con don Nicanor una hora justa, hablando en voz baja de quién sabe qué cosas, intercambiando opiniones que nadie había podido oir a lo largo de los años.

De pronto don Nicanor se paraba y decía:

"Bueno, Oreja, me parece que ha llegado la hora del balcón".

El Oreja se levantaba sin aspavientos y con morosa dignidad se asomaba a la saliente, apoyaba ambas manos sobre la balaustrada, respiraba profundamente como si el aire de la avenida vinera cargado de señales, giraba despaciosamente la cabeza hacia la izquierda, se inclinaba más, como si quisiera alcanzar a ver los confines, divisar a lejanos transeúntes, sondear las caras de quienes esperaban los ómnibus. Después iba trayendo la mirada, se detenía unos instantes viendo el tráfico, continuaba apreciando lo que quedaba a sus pies, recorría con la mirada las mesas de los cafés, demoraba su vista en los que es piaban las vidrieras de los quioscos de venta de billetes de lotería, como esperando que alguno le hiciera un guiño cómplice.

Después giraba la cabeza para el otro lado, miraba a la gente que descansaba en los bancos de madera, recorría, entrecerrando los ojos, la fuente y sus aledaños; luego, por diez o veinte segundos, miraba en lontananza, como si el firmamento emitiera enigmáticos mensajes; por fin se volvía hacia don Nicanor y sentenciaba:

"Hoy se venderán trescientos mil ejemplares, don Nicanor", o quinientos mil, o lo que fuera, según el dia.

Entonces don Nicanor llamaba al personal que acudía a oir el dictamen de ese augur que no era Director, ni dueño, ni periodista, ni canillita siquiera. Y nadie se atrevía a contradecir su opinión porque el Oreja se había ganado el ala del patrón gracias a que si él decía «cien mil ejemplares» se vendían cien mil ejemplares y cuando decía «quinientos mil» se vendían quinientos mil ejemplares, sí o sí. En fin, que en el diario todos estaban convencidos, y con razón, de que los aciertos del Oreja tenían que ver con dones proféticos.

A lo largo de los años se urdieron múltiples interpretaciones, según la idiocincracia de los opinantes, sobre el método de evaluación del Oreja: los más ignorantes -los vegetarianos, los esotéricos, los que creen en los Rosacruces, en la comida china, y en las dietas de los Lamas- decían que el Oreja tenía «poderes».

Otros -los escépticos, los que dudan si son hijos de su propia padre, los que se ríen de Dios, de los ángeles y de los arcángeles- teorizaban que como el Oreja era un atorrante que nunca había trabajado, conocía la ciudad palmo a palmo y que recorriendo los piringundines, tomando copas con los policías, con los macró, con los punguistas, con las putas y con los quinieleros, deducía cuáles eran las noticias fuertes del día y, por lo tanto, podía evaluar, en número de ejemplares, lo que se vendería por la noche.

Los rivales políticos de don Nicanor, en cambio, sentenciaban que la relación entre éste y el Oreja no tenía nada de sentimental; que el Oreja, cuchillo en mano, recorría diariamente los quioscos y las paradas de diarios imponiendo, a punta del acero, la cantidad de diarios que debía vender cada uno.

Lo cierto es que el Oreja siguió concurriendo a ver a don Nicanor y que don Nicanor siguió ufanándose de que su diario era el único que no tenía devoluciones, lo que era bien cierto, gracias a los oficios del Oreja Galíndez.

Cuando murió don Nicanor al Oreja se le cerraron las puertas del diario. Hombre de principios y de orgullo el Oreja Galíndez desapareció. Algún mal intencionado dijo que había pasado a ser augur de otro diario. Todas las averiguaciones que hice al respecto demostraron el infundio. El Oreja no volvió a ser visto por el centro de la ciudad; me dijeron que cuando el diario empezó a venirse abajo entró en una depresión que lo llevó a la tumba. Me quedo con esta explicación y no con la de que terminó loco, con el hígado devorado por la cirrosis; la historia, al fin y al cabo, la hacen los intérpretes, no los hechos.

Hace unos dias el vasco Mendizábal, que según dice la gente que trabajó en el diario, es el único que conoce la verdad sobre los «poderes» del Oreja, me aconsejó que fuera a hacerme lustrar los zapatos por un ciego que hacía más de cincuenta años que tenía la parada en la esquina del diario.

Allá fui.

Como al pasar saqué el tema del Oreja para ver si había algún rebote. El lustrabotas dejó de pasar pomada y cepillo, alzó sus ojos vacíos como si pudiera verme y me preguntó:

"¿Usted conoció al Oreja?".

Le mentí que sí para ver hasta dónde llegaba. El hombre permaneció en silencio un largo rato, porque los ciegos son medio filósofos.

"Hombre extraño el Oreja"- dijo.

Y prosiguió:

"Como pocos generoso con la propina, pero extraño, bien extraño el hombre. Todas las santas tardes venía a hacerse lustrar unos zapatos de hule que daban lástima. Me pagaba el doble de la tarifa y antes de irse, invariablemente, me preguntaba":

"Decime «lustra», vos que tenés la parada al lado del diario, cuántos ejemplares de la «Sexta» creés que se van a vender esta noche?".

Y yo le decía lo que me parecía, a puro pálpito nomás, cien mil, doscientos mil, quinientos mil ejemplares, cualquier cosa, el asunto era dejarlo contento.

Le pagué la lustrada, le dejé una buena propina y me fui al «Español» a tomar unos vinos.

Me puse en pedo.

¡Hay cosas que lo superan a uno!.

 

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1- Retacón- Petizo, de baja estatura.

2- Bacan- Rico, de apariencia lujosa.

3- Ratón- Rata, persona pobrísima, pobretón.