ULISES

-¡No puedes seguir así panchito! -me decía mi hermana una y otra vez- tienes que tomar una decisión. Para escritor se nace y tu ya estás casi muerto.

 

Vivía con ella y con Luís, su marido. Los dos opinaban que había entrado en los treinta con depresión, la botella y crisis de valores. Pero yo sentía retumbar un martillo en mi cabeza, ese que asoma cuando se bebe mucho o demasiado poco. Si me sentaba a escribir, el blanco del papel untado por mi negra memoria se llenaba de palabras grises y gastadas. Una vez gané un par de premios y me creí en vena, en la ola, disparado. Nada mas lejos de la realidad. Gasté el dinero, que no era poco, en poco tiempo. Mas leve aún me pareció porque lo viví con nocturnidad obsesiva, postergando siempre la decisión de empezar mañana a otro mañana sin resaca. Los días, que ironía, se acortaban a medida que se alargaban las noches.

 

Las mujeres que conocía, eran todas aburridas hasta la extenuación. Podía predecir, con mirarlas un momento, cuanto tiempo e ingenio costaría llevarlas a la cama. Me aburría su doble sentido, los ojos que miraban sin ver, la falsa piedad que aparentaban, sus oídos sordos y la poca afición que demostraban con la bebida. Me divertía imaginándolas como una especie de moluscos, de almejas. Duras y frías por fuera, que abrirían sus valvas cuando fueran bien estimuladas sus orejas. Me extrañaba su excitación con mis caricias porque yo odiaba mis manos, las odiaba y quería deshacerme de ellas hundiéndolas en sus cuerpos. Buscaba la mujer de mi vida, la compañía ideal y solo encontraba solitarias mas tristes aún que yo. Quizá por eso seguía buscando en sueños, cuando paseaba sonámbulo por toda la casa y todos me dejaban hacer, no fuera a darme un mal aire al despertarme de forma brusca.

 

Una mañana, a eso del mediodía, desperté en el sofá del comedor y no podía recordar nada desde la tarde anterior. Sentado junto a mí Luís me miraba con aire preocupado. Comencé una de mis excusas favoritas pero mi hermana, como dictador en penoso trance, intervino:

 

-Te vas a Romanzas panchito, a hacer reposo -dijo mostrándome un billete de tren-. No podemos seguir así mas tiempo.

 

Lloré, amenacé, supliqué cuanto pude intentando sin éxito ablandarlos. Tosí varias veces con la esperanza de despertar el instinto maternal de mi hermana. Incluso afirmé que me estaban interrumpiendo, que esa mañana había madrugado para escribir porque me sentía nuevo y había empezado por fin una nueva etapa. Por eso estaba en el sofá; porque me había dormido escribiendo. Para dar mas realismo a mi alegato, me senté en el escritorio intentando introducir en la olivetti un folio de un blanco tan tenebroso que empecé a temblar de forma visible.

-¿Veis? -les reproché intentando disimular un poco-, estoy inspirado, me estáis molestando y por nada de éste mundo haré ese viaje.

 

* * * * * *

 

El tren se puso en marcha y me hundí en el asiento de forma lúgubre. El departamento estaba casi vacío. Tan solo viajaban conmigo una mujer de negro y su hija, de unos veinte, calculé. Estaba bien dotada la niña, con unos ojos que decían "ven", y, aunque asomaban de su pelo color miel los odiosos auriculares que la sumergían en la música y la aislaban del mundo exterior, recuerdo que me sonrió. Con aire profesional desenvainaron unos bocadillos de tortilla de patatas y el papel donde estaban envueltos crujió de tal modo que me extrañó que no estallasen los cristales de la ventana. Cerré los ojos y procuré dormir, temiendo que me ofrecieran comida. ¡Que asco! Pensé, solo con ver ese amasijo aceitoso ya se me había revuelto el estómago.

 

-¿Y va usted muy lejos? -Preguntó la mujer con esa confianza absurda que proporciona a la gente compartir viaje.

-Depende. Una vez soñé que iba a la luna, pero no creo que hoy llegue mas allá de Jaén.

-Digo que si llega hasta el final del trayecto -volvió a la carga- o se queda en Romanzas como nosotras.

-Si señora. Y si no le importa intentaré soportar el viaje con una buena siesta que falta me hace. Estoy enfermo de tuberculosis -añadí tosiendo- así que cada vez que abro la boca inundo todo de bichos.

 

La hija, que me oyó a través de sus canciones, abrió mucho los ojos y luego se sentó rápidamente en el otro extremo del compartimento. Mientras, la madre cubrió los bocadillos con el papel y para mi regocijo dio por terminado el interrogatorio murmurando que ojalá me curase pronto. Así que cerré los ojos e intenté olvidarme y dormir.

 

* * * * * *

 

El revisor me despertó con un ¡eh señor, ya hemos llegado! Gritado desde la puerta.

-¿Dónde hemos llegado? -pregunté extrañado.

-A Corralejo hombre ¿dónde si no?

-Pero... -no entendía como me habían dejado dormir sin avisarme-. Es que yo tenía que bajar en... Y los martillazos redoblaron furiosos.

-Si, ya lo sé -sonrió cómplice-. Es usted el que va a ver a Fuensanta. A ver si hay milagro ¿eh?. Me lo dijo la mujer. Y dijo que no le molestaran, que estaba usted muy enfermo.

 

Me levanté e intenté acercarme a la puerta para aclarar mi situación. El médico amigo de Luís me esperaba a cenar en Romanzas y yo no sabía ni donde vivía esa tal Fuensanta. El revisor se apartó de la puerta como si yo tuviera la peste y me dijo que bajara y preguntara por la santa, la del bar. Comencé una protesta todo lo enérgica que pude, sintiendo que la sangre me hervía. Los tambores en mi cerebro tocaban a la carga, así que cuando vi por la ventana del tren lo que parecía un bar abierto, cogí mi maleta y bajé sin despedirme del palurdo que, a distancia prudencial, me daba toda clase de consejos sobre mi salud y los mas disparatados remedios para la tos.

 

Cuando entré en el bar, vi a una mujer mayor que estaba sentada en una mecedora de mimbre junto a una mesa. tenía en los labios un cigarro que parecía untado en aceite de freír pescado. No había nadie mas y me acerqué.

 

-Siéntate lambrijo -dijo sin mirarme-. Pero primero echa un buen trago.

 

Había una botella de plástico encima de la mesa, con la etiqueta rota y rellena de un líquido oscuro. Cogí un vaso de los muchos que había y lo llené. Bebí todo de un trago, como se bebe cuando hay necesidad. No tenía buen sabor pero era fuerte, los martillazos se amortiguaron un poco. Llené otra vez el vaso y esta vez bebí un sorbo.

 

-¿Dónde te duele? -y esta vez me apuntó con unos ojos grises y fríos.

-Aquí.

 

-Santa Rita Rita, lo que se da no se quita -dijo acariciándome la cabeza con una mano huesuda y llena de manchas hepáticas- una mano cortá y la otra bendita.

 

Pensé que el brebaje sería fuerte y que había hecho efecto porque me sentí despejado. Los golpes cesaron y una sensación de frescor se extendió desde la cabeza hacia abajo, lentamente, como si me diera una ducha. Ella dio un chupón a su cigarro y la brasa brilló en la semioscuridad del local.

 

-No tenías ná quejica -protestó soltándome un humo dulzón-. Los hombres ya no sois como antes y eso que tu pareces fuerte, que te has soplado la coñá como si fuera agua.

 

En ese momento entró alguien. Parecía el revisor o su hermano gemelo, pensé. Iba vestido con una sotana larga, la de los curas de antes. Se le veía preocupado y se quedó de pié, firme, junto a la mujer.

 

-Veo que tienes visita Fuensanta -y se sirvió un vaso de la botella.

-Buenos días padre.

-¿Eres cristiano hijo? -el cura se volvió hacia mí.

-¡Coño padre! -cortó Fuensanta- ¡Mas que el Cáliz!

-No creo que blasfemar te ayude Fuensanta -se detuvo para tomar otro trago- y a él tampoco.

-No necesito ayuda hoy, que con éste y la ñaja ya estoy arreglá. Así que padre, si quiere olearme venga después. Ahora déjenos solos que tengo que contarle algunas cosas al lambrijo.

 

El cura apuró la bebida y salió sin despedirse. Pensé marcharme con él, intentar que me explicara quien diablos era esa vieja y como podía encontrar un taxi que me llevara de vuelta a Romanzas, pero, encogiendo los hombros, me serví otro vaso.

-La bebida será mi perdición -murmuré mientras bebía.

 

-Mira mis manos lambrijo -la vieja comenzó su discurso en cuanto desapareció el cura- están casi secas. Han sacado mucho dolor de la gente, han chupado muchos males. Una mano cortá y la otra bendita, ese es el trato. Estarás pensando que estoy loca, que tu no pintas nada aquí ¿verdad? -me sentí incomodo, como si leyera mis pensamientos, pero siguió-. Hace tiempo, mucho, pensé lo mismo. -y entornó los ojos para rumiar los recuerdos como tantas veces había visto yo que hacían los viejos-. Quería vivir, quería un hombre, uno como tú -añadió con una sonrisa pícara-. Alto, guapo, que tenía fuego en los ojos y me quemaba por dentro lambrijo.

 

-Me llamo Fulgencio abuela -intenté detener su monólogo-, pero me dicen Pencho, y los amigos panchito.

 

-Me importa tres cagás de caracoles lambrijo. -cortó en seco-, no soy tu amiga, soy curandera; te he curado y te llamo lambrijo porque me da la gana. No sé si te han traído Dios, el diablo o las ánimas del purgatorio, y además poco me importa. Lo que si sé -añadió-, es que estás aquí. Sabía que primero tendría que curarte y luego te quedarías aquí, con la ñaja, para curarla porque yo no puedo, que es mi hija y entre familia no funciona. Pero a ti se te nota a la legua que naciste en viernes santo; tienes gracia en las manos lambrijo, así que te toca seguir.

 

En ese momento apareció una muchacha joven. Pensé que arreglada y detrás de una barra resultaría imponente. No dudaría yo en invertir mucha conversación, mano izquierda y lo que hiciera falta.

 

-Ñaja, éste es el que esperábamos, llévalo a su habitación y que se quede allí. A las ocho te bajas a cenar lambrijo -añadió volviéndose a mí-. Y cuando hables con la ñaja mírala a los ojos porque es sordomuda y si no te ve los labios no podrá entenderte. Anda, ve y descansa un rato.

 

Cuando entramos en la habitación, la ñaja cogió mis cosas y empezó a ordenarlas en el ropero. La llamé desde atrás, con la curiosidad de quien nunca ha estado con sordomudos; no hizo caso. Luego, como impulsado por un instinto primario e irrefrenable que yo creía conocer muy bien, me acerqué y le toqué el hombro. Ella se volvió un poco sorprendida, intentaba decir algo pero solo emitió un sonido gutural. Puse un dedo en sus labios para que no dijera nada y ella se quedó muy quieta, como esperando un milagro. No tenía miedo de mí y eso me animó. Me acerqué a ella y con toda la suavidad que fui capaz la besé en la boca, despacio. Abrió mucho los ojos pero no se apartó. La atraje y comencé a acariciarla, ella me abrazó también. Así estuvimos, como quien descubre los besos por primera vez. De pronto sonó un golpe fuerte. La ñaja, como si hubiera recobrado el oído se apartó y bajó las escaleras. Corrí detrás de ella y la alcancé justo en el bar.

 

Al llegar abajo pude ver a Fuensanta caída en el suelo, bocarriba. Tenía una mano con la palma hacia el cielo y la otra hacia el suelo. Parecía feliz, tanto como puede estar un muerto, pensé. Recordé la fórmula que usaba para curar; una mano cortá y la otra bendita. la repetí en voz alta y sonó un teléfono.

 

Ni siquiera me sorprendió cuando la ñaja cogió el auricular y, con una voz recién estrenada, cantarina, le dijo a alguien que su madre acababa de morirse. Que había muerto sonriendo, como mueren los santos. Sentado en la mecedora de mimbre yo miraba mis manos. Manos con dedos largos, de escritor, manos que miraban al cielo y al infierno, manos que podían curar o podían hacer mucho daño. Y pensé que ya estaba curado, que por fin había salido del bloqueo gris, que en mis manos estaba mi futuro y escribir la historia de esa mujer, de Fuensanta la curandera. Que escribir es como ser curandero y que yo había nacido en viernes santo. Cogí a la ñaja de la muñeca y la senté encima de mí. Ella otra vez se dejaba acariciar, sin miedo. De pronto, la voz del cura retumbó desde la puerta:

 

-¡Señora!, ¡Oiga señora...! Pero ¿qué está usted haciendo hombre?.

 

Sentí un vuelco en el estómago, de esos que se sienten cuando a uno lo despiertan bruscamente. La mujer de la tortilla se extendía bajo mis pies, desmayada en el suelo. La hija, con cara asustada, se encogía sentada encima de mí, sin resistir. Mientras, mis manos arrancaban lo que quedaba de su ropa interior. En la puerta del compartimento el revisor miraba la escena petrificado, como estatua de sal, como armario ropero.

 

-¡Puedo explicarlo todo! -grité deseando mas que nunca echar un trago de algo fuerte-. Y si eso no le basta, seguro que algún día lo escribiré.