EL FOTÓGRAFO CIEGO

 

Cosme, dominado el temblor -amortiguándolo-, cogió la botella verde de la autoestima. Al carro, se dijo, mientras tragaba saliva: apenas arenisca amarga. La depresión que le había sacado de casa a deshoras, conducir casi sonámbulo y obligado a buscar ansiosamente la sección de ese líquido vital, parecía apaciguarse en su clímax. Ya fuera la etiqueta amarilla y negra, o la textura oleaginosa del envase de pvc, lo pudo sentir: había un remedio para el voraz abismo. Cosme, sin embargo, sintió un coletazo en la boca del estómago y una náusea seca subiendo desde el desván de las tripas. Encogido seguí introduciendo botellas de autoestima en el carro hasta la media docena -para aliñar relaciones, para freír pensamientos, para las conservas de recuerdos-.

 

Más recompuesto se dirigió a la sección de productos frescos y pidió agallas. Se las sirvieron frescas, de corte grueso, como a él le gustaban. Las prepararé para el fin de semana dejándolas macerar tres días en la nevera del cerebro. El lunes tomaría la decisión de abandonarlo todo.

 

Con paso firme atravesó la sección de conservas. Desinteresado. Dejo atrás todo un tropel de antidepresivos enlatados para ingestión y alivio inmediato. El peaje que le exigía la química al uso era diáfano: oxidaba los deseos -le calmaba, sí, pero...-, liquidando los sueños. Un trato que aceptaba en ocasiones. Hoy no estoy dispuesto a canjear el dormir horas y horas, por la pérdida de todos mis anticuerpos: las ideas. No deseo amanecer en la cama con una capa de orín cubriéndome los ojos. Y sin sueños, como una caja de cartón viejo.

 

Necesitaba sabores y no resistió la tentación de pararse en el expositor de especias. ¿Qué tal unos recuerdos de infancia feliz? La oferta más completa (y cara) incluía: vacaciones en las islas, solos protagonizados en el coro de la parroquia, paseos a caballo con la madre y provechosas clases de piano. El sabor metálico de la deglución -lo conocía bien-, no le arredró e introdujo dos paquetes en el cesto con ruedas.

 

Con un mohín de desagrado Cosme entró en artículos de limpieza. El detergente de conciencias había subido de precio. Parte de su fórmula se importaba del Lejano Oriente, el único lugar del mundo productor de suspensores de escrúpulo. Se sabía de memoria todo el marketing del producto: "el procedimiento para envasar sentimientos enfrentados latentes de larga duración seguía siendo muy costoso, así como la destilación de los diferentes sabores que eran necesarios para su comercialización mundial, tales como católico, protestante, nórdico, magrebí árabe, semita, los veinte sabores del Indostán o los casi cien de China e Indochina." Cosme contó los días y decidió: tres cajas.

 

Dudó un buen rato frente a la pirámide de abrillantadores de presente. ¡Qué diablos! pensó. ¡Ésta es la buena! Alargó el brazo: envase familiar. Para su higiene diaria, lubricante de vecinos, tónico laboral, esencia para aglomeraciones, hilo para extraños, cháchara de pub y, para llevar en la chaqueta, desodorante de nimiedades varias.

 

Casi animado. Casi. Al menos con la lúgubre expresión funeraria despejada de su frente, sus pasos, ahora, hacia la sección más concurrida de la gran superficie: bebidas alcohólicas y licores. Quedó ofuscado ante la visión de miles de botellas de coraje. Coraje de todas las cosechas. Coraje de todas las regiones productoras del continente. Se deleitaba en cada etiqueta: el brillo rubí del Ímpetu, la calidez del Arrojo, la armoniosidad del Atrevimiento, la redondez elegante de la Valentía y los matices tánicos de roble que atesora el Talante. Y lo peor no era el precio sino la tan efímera amalgama que ocurriría en sus arterias, tan volátil la duración del espejismo, tan pasajeros los efectos de la poción mágica.

 

Un metro más y los envases de cristal eran sustituidos por tetrabrick. Un coraje -inmerecida denominación- ramplón, un líquido barato, y monolítico -esto es, previsible-, que no era sino una penosa vestimenta para el tonificante alcohólico del poder, del autoritarismo, del dogmatismo, de la rigidez, y de la esclerótica firmeza. Cosme podía permitirse una o dos botellas exquisitas para impresionar a ciertas amistades pero necesitaba algo menos exigente para mantener su biografía en pie. Además de tres gran reservas introdujo en la bandeja inferior dos docenas del chollo semanal: Rompeolas para Problemas.

 

Giró su carro, cambió de pasillo y se detuvo en el expositor de bien abastecido agnosticismo. Se decidió por una marca de sabor "progre", que dotaba al legendario licor de hierbas, del encanto que a Cosme tanto agradaba. Dispongo aún de güisqui cristiano en casa. Estará casi rancio. Para los amigos de mamá, pensó. La sección de licores era también de vasta extensión y enjundiosa variedad. Todo tipo de religiones, creencias y sistemas de valores estaban debidamente representados. Contempló cómo aumentaba el número de botellas estrambóticas de otras sectas de reciente aparición, sin historia y, por lo tanto, muy llamativas por fuera.

 

Sin saber muy bien cómo, había llegado a la sección de bricolage. Destacaban las herramientas desenroscadoras de todo tipo de conflictos Mecánicamente cogió un metro para medir riesgos (el último no sabía dónde lo había dejado). Descartó un bote de pintura para la competencia sucia. Veamos esos kits de "hágalo usted mismo", se animó, uno para armar un amplificador de méritos propios. El repentino recuerdo de la maqueta de un barco nunca terminado en la adolescencia le paralizó el brazo. Sin embargo, casi se entusiasmó leyendo las instrucciones y el vídeo explicativo del kit "diseñe sus metas".

 

Recomendado por el mismo fabricante se exhibía un espejo láser para creer en lo que uno hace. Irresistible también.

 

Se aproximó a la caja que mostraba las últimas tentaciones para Cosme: chicles de ánimo, salvavidas de bolsillo contra el abandono y vitaminas antifrustración. Habría comprado unos caramelos de decisiones rápidas. No encontró. La voz de la cajera ofreciéndole el perfume del enamoramiento le intrigó sobremanera. "Se lo mostraré", dijo la empleada. Apenas pudo creerlo: Una princesa de ensueño se disponía a cobrarle el importe de su acopio. Obnubilado, entregó su carro, su tarjeta, su firma y su tiempo todo si hubiese tenido. No lo tuvo. Un joven, encargado de empaquetar toda la compra, me rocía un spray haciéndome pestañear. Algo extrañado busco mi princesa: había desaparecido. En su lugar, la simpática cajera. Miró al empleado. Le sonreía desde su disfraz de demonio: todo lycra roja, calzón y botines negros, capucha bermeja y rabo. Cruzándole el pecho el lema de la gran superficie: "nos ocupamos de su alma".

 

Cosme detiene su carro en una de las tiendas contiguas a las cajas. Frente a una persiana bajada que nace bajo el rótulo Cupido. Como la última vez. Me quedo sin amor ¿y si vengo más temprano? ¿habrá quebrado el negocio? Cosme rehusó siquiera mirar el local anexo, una tienda de nudos llamada Líos para todos los gustos (abrimos todo el día y la noche). Ataduras con ansiedad, se dijo. Un sucedáneo con alma de globo. Hoy no.

 

Empujó su compra hasta la salida. Las puertas se abrieron con un resoplido neumático mostrando el aparcamiento de la gran superficie. Y la niebla. Afuera la niebla, se dijo, afuera la niebla que no cesa. Esa niebla pastosa como el puré, eterna como el sueño de un gran reptil olvidado. Y el laberinto. Cosme contempló cientos y cientos de coches iguales. Alieneados en muros paralelos, perpendiculares y convergentes hacia él mismo. Recordó que alguien le dió un plano con las certezas de la vida. Lo sacó de su bolsillo. Aquellas rayas nada tenían que ver con su vida. Abrió su mano. La niebla engulló el plano. Comenzó a buscar su vehículo. Miles de cerraduras y una sola llave. ¿dónde estará? ¿ése azul? ¿o el familiar? Me gustaría ser reconocido por mi coche. En cualquier caso, tampoco importa tanto. Desconozco el camino de vuelta, desde estos extramuros, a esa ciudad añorada que es mi propio yo.