THE MAN WITH NO FACE

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Seguro que hoy los muertos hablan de mi.

 

Rosanna Witmann. Muerta en 1937, ni siquiera la vi. Fue una sobredosis de algo, en su casa, en Houston, creo. Solía cantar en el Green Room mientras el martini llenaba los charcos. Charcos bajo pisadas de niños negros. Cantaba como los pájaros, dicen que su cuerpo era el puro ritmo. Yo fui un póstumo fan suyo, seguro que ahora lo sabe.

 

Carmel Star. Muerta en 1990, al comienzo del final. Yo estuve con ella, tumbados en el lago de hierba. Una noche, plagiamos constelaciones con nuestros cuerpos. Me gustaba, pero me fui de la ciudad. Murió más tarde, alguien me lo contó, una de esas enfermedades incurables.

Escribí un libro para ella y se lo regalé una tarde de sol y palmeras, sentados en un banco. Ella no supo qué decir, se quedó quieta, mirando al suelo de mármol, escuchando las ruedas de los patines, los tacones, las cremalleras, el paso de los autobuses, los pájaros, las palmeras mecidas por la brisa. Los sonidos de la tarde en sus oídos, junto a mi boca. Después nos bebimos unos vinos en los bares de una zona vieja, nos comimos unas aceitunas y me confesó su sorpresa ante tanta ternura.

Me fui sin despedirme. Ya no la vi más. Ahora me pregunto si tanta ternura, tanto amor, no fue sino pérdidas de tiempo; si su vida no fue más intensa -aunque más corta- que la mía. Me pregunto qué llegó a sentir ella por mí y me pregunto si le hice daño y me pregunto sobre mi propia vida, sobre si merece la pena, sobre si arrepentirme o no. Y me pregunto qué habrá sido de aquel libro. Siempre los libros.

 

Terville. Uno de esos amigos prematuros, fuente de descubrimientos primeros. Murió alrededor de 1980, aún joven, aún niño. Fui a su funeral, en un roído cementerio, su nicho no quedaba nada bien. Su libertad había sido su meta, ahora la tenía, ¿o quizás no? Se había marchado a una isla y lo atropelló un coche. Fue mi primer amigo muerto. No quedó nada, solo vacío; bueno, quedó el nicho, aquel albañil poniendo ladrillo y cemento, ladrillo y cemento...

Para siempre, pensé. Un ángel.

 

Hadda, mi fiel compañera de viaje. Fue a entrar en el baño y se rompió el cristal de la puerta. Cayó al suelo sin herida ni golpe aparente. No se movía. Estaba muerta. Le sacaron una aguja de vidrio de veinte centímetros del corazón. Fue un golpe duro, un golpe bajo. Nunca me recuperé del todo, jamás me acostumbré a su ausencia. Siempre había sido alegre y vital. Le hice demasiado daño con mi egoísmo, tal vez pensé que su vida duraría para siempre. Siempre tuve la certeza de que mi vida acabaría, pero no solía tener en cuenta las de los demás. Ahora lo sé, lo siento. Ahora sé que el final de las vidas ajenas duelen más que el de la propia.

Hadda murió en 1995, después de llevar seis años casada conmigo.

 

Ludmila Redtasky. Se creía inmortal. Creía que también podía hacer eterna mi alma. Era una vampira psíquica. La conocí en la noche, bajo su idolatrada luna, lloviznaba. Estuvimos enamorados durante algún tiempo, un par de años. Nos sentábamos en el claro de un bosque o subíamos a una montaña, nos metíamos en el cauce de un río o nos escondíamos entre las hierbas altas de la pradera. Admirábamos la Naturaleza, lo único más eterno y más fuerte que nosotros, aunque no más condenado.

Ludmila no era inmortal, al menos no lo fue su cuerpo. Murió lejos de mí, junto a su familia, en su ciudad, en su cama, en su lugar. Fue aún en su juventud, en 1984, se clavó una tijera en la carótida.

Descansa sobre sábanas rojas en mi memoria.

 

Timu era el perro. Porque tuve uno, sí, era grande y del color de la luna llena. Murió de una caída de la que ya no se recuperó. Hubo que sacrificarlo, o sea que en realidad murió del tiro o del método que usen en la perrera, ¿qué importa silla o plomo? Timu sí que me tenía aprecio, a pesar de que no hablaba. Él sí que me quería. No sé si será el mismo cielo el suyo, realmente no sé si existe algún cielo o algún infierno, aunque pronto lo comprobaré. Como exista el cielo, seguro que existe Dios y entonces estoy jodido.

 

Mi familia : mis padres, los padres de mis padres, mis hermanos y sus esposas. Todos muertos. Muchos que no conocí : antepasados e ilustres, civiles y soldados, niños y viejos. ¡Tantos y tantos!. Me pregunto si me recordarán, o si sabrán de mi vida. Me pregunto si me mirarán a los ojos, o si harán una fiesta de bienvenida. Me pregunto qué es lo que dirán de mí, porque seguro, seguro, que hoy los muertos hablan de mí.

 

Ya los oigo acercarse. Son los alguaciles y el cura, que vienen a por mí.

Me voy, os dejo, en realidad dejo todo. Dejo a los vivos, me voy con los muertos.

 

Ya están aquí, adiós.