la habitación vacía

Manuel

 

En fin: pediré perdón por haberme alimentado de la mentira. Y adelante.

Una temporada en el infierno, Jean Arthur Rimbaud

 

1

 

Un hombre está sentado en una silla, en el centro de lo que será el salón de su nueva casa: una habitación vacía. La cabeza entre manos y los codos apoyados en las rodillas; orejas tapadas y ojos cerrados. La limpieza, el desorden y las cajas de cartón habituales en las mudanzas.

Se levanta y, una vez más, recorre las habitaciones. No encuentra nada que le guste lo más mínimo: ni el eco de las pisadas, ni la blancura de las paredes, ni la bañera sin cortinas. Pensar que vivirá allí en un par de días se le hace odioso e imposible.

No sabe porque está en ese sitio. Las cosas cambian. No, tal vez no debería decir que cambian: se desarrollan; se desarrollan usando el patrón más estúpido y nos colocan en otro lugar idéntico al primero: la desorientación es total y el tiempo, de nuevo, te ha pasado rozando como papel de lija sobre la carne. Recorre el pasillo otra vez. Una cucaracha pasa rápido y se esconde. Sonríe: es como yo, se lo tengo que contar a Alicia.

Vuelve a sentarme en la misma silla del salón, M saca un papel del bolsillo de la camisa, lo desdobla lentamente: unos números esbozados. Repasa las cuentas. Doblar el papel. Devolverlo al bolsillo.

 

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Si al menos fuera así, si al menos estuviera ahí todo. Es la incertidumbre, las putas zancadillas, eso es que me hacen dudar, lo que me hunde. Sin ir más lejos, mi hermano ayer. No hace falta que me diga justo ahora que no me olvide de lo que le debo, no hace falta. Sabe que se lo pagaré como lo decidimos. Y se lo expliqué: no puedo vivir más con papá y mamá. Vale, yo deje embarazada a Alicia, nos casamos y nos fuimos a vivir con ellos, nos atendieron de maravilla -soy su hijo, ¿qué debían hacer?. Muchas gracias. Luego lo del aborto, claro, pero ya estábamos atrapados. No, creo que sólo yo estaba atrapado.

Abro una caja: cintas y compactos. Abro otra: amarillentos apuntes de la universidad. M abre otra: es de Alicia.

Sus tesoros. Alicia se estrella contra ese espejo de diseño que compramos para la entrada de esta casa y me toca hacer todo el traslado. Además, dice que estrenar casas la deprime. Odio sus poéticos autoconvencimientos. Se cortó en las muñecas y no puede cargar cajas. No puede cargar cajas y no puede trabajar. Siempre me ha jodido su falta de valentía para enfrentarse a la realidad, para salir de ese mundo imaginario donde, sobre todo, el dinero -dios- parece caer del cielo.

Todo ese tiempo que hemos perdido imaginando que éramos escritores o pintores o músicos. Paseando por la ciudad con trajes extraños, mirando por encima del hombro -sonreír con simpatía y menosprecio- a la gente que curraba de carpintero, o de cristalero o de sé yo qué. Eramos mejor que ellos y nadie lo sabía más que nosotros y nuestros amiguetes artistas.

Y, ¿qué pasó?. Respuesta fácil: nada. Ahora yo trabajo en la tienda de mi padre vendiendo retretes, toalleros y lámparas; ella simplemente no hace nada. Mi padre ya me lo ha advertido: debe ser ella y no tu madre, que ya está cansada, la que esté en la caja. Alicia dice que esta buscando trabajo; ninguno está bien, en todos la explotan. Lo sé.

El hombre se volvió a sentar en la silla y se recostó sobre el respaldo. Joder, a mí tampoco me gusta el sistema este, amor mío, cariño, mi querida gilipollas. Diez horas diarias, seis días a la semana, once meses -en el mejor de los casos. Ni me gusta ni quiero televisores de treinta pulgadas, ni autopistas de cuatro carriles hasta Valencia, ni ropa de marca. No quiero nada de eso. El único problema es que sólo hay dos formas: o entras o no entras. Si entras sabes que tendrás todo eso y más. Si no entras no tendrás nada.

El tiempo gime en el piso de arriba, será la fontanería del destino retorciéndose como una serpiente hija de puta. Sólo pasan versos estúpidos por mi cabeza, como siempre. Edmundo -de los pocos amigos que todavía veo- piensa que demasiado tiempo he estado tocándome los huevos, que la vida es esto, que qué esperaba. Una vez borracho me preguntó: ¿alguna vez has pensado que no vas a ser nada, que no vas a ser nadie importante? Yo me eche a reír y le dije que no me quería ser nadie importante, pero su pregunta tiene otra lectura: que vas ser parte del resto. Eso es lo que no aguanto. M miró su reloj.

Desembalar las cajas, montar los armarios, colocar lámparas, así paso mi día de descanso. Claro que pasar el domingo con resaca ya tampoco me seduce, ni ir con Alicia a ver películas húngaras. ¿Me habría ayudado Aurora? No sé, supongo que cualquier persona me iría igual. Alicia y Aurora. Cuántas veces he sentido que tenía que decirle a Alicia: hasta aquí hemos llegado, me largo con Aurora, o no, mejor, con el resto de las mujeres. Pero luego cualquier cosa me hacía volver a pensar que estaba equivocado, que la amaba con toda mi alma; separarme de ella era profundamente antirromántico -creo que muchas veces no nos separamos de quienes un día amamos para defraudar al resto del mundo: para poder jugar de cara al escenario es preferible seguir defraudándonos a nosotros mismos.

Antes me gustaba ver alegre a Alicia, pero ahora es lo que más odio. Odio su alegría, su capacidad para presentarme a cualquier pirado de tres al cuarto cuando llego de trabajar derrotado como un perro mojado. Odio su tristeza cuando dice que no pasa nada si no tenemos dinero, que nos vayamos a cenar fuera, que vayamos de excursión a la nieve, que pasemos el puente en no sé qué cojones de casa rural. Odio que no quiera aceptar que tiene veintisiete años comprando juguetes en cualquier veinteduros -pero qué forma tan burda de resistirte a envejecer tienes, cariño. Odio lo que todo eso e intento que se dé cuenta de que si yo no me levanto mañana lunes a las siete y media el próximo mes no comemos.

El hombre miró por la ventana del balcón. Artistas del trapecio. Con red, claro, con una red llena de agujeros pero que nos sujetaba: el dinero de nuestros padres. ¿Por dónde entraban los billetes que fundíamos en experimentos pseudoartíticos?: poco importaba, no era parte de la obra. Pero ahora que me tengo que ocupar de la consistencia de la red, la vida cambia; me fijo en los agujeros, me ponen nervioso.

Decía Alicia que, de pequeña, paseando por un puente colgante era la menos asustada de su familia, pues pensaba que si caía se quedaría plana y luego se volvería a hinchar, como en los dibujos animados. Alicia: pintora, escritora, diseñadora de modas que se sigue volviendo a hinchar porque siempre había una red que la salvaba. Ahora la red soy yo y la alegría de verla botar -ir a museos, presentaciones de libros, a ver a un tío montar una orquesta con cazuelas mientras yo monto un bidé al compás de la mejor de mis sonrisas- me jode, me hace sentir estúpido.

 

2

 

Llamaron a la puerta. El hombre se quedó en silencio, pensado que se había caído alguna caja. Volvieron a llamar, con los nudillos, golpes secos. Una voz dijo desde el otro lado: -Soy el vecino, ¿se puede?

Abrió la puerta. Era un hombre mayor, de sesenta y cinco o setenta años, aspecto atlético, con una cara muy agradable. Alzo la mano y abrió la palma, tenía unos dedos grandes, largos, cuadrados, hermosos.

-Hola -dijo- soy tu vecino, el de ahí enfrente -señalo su puerta- He oído (ahora lo veo) que estás de traslado. Vengo por si te puedo echar una mano. Me llamo Manolo.

El hombre se quedó mirando al anciano, sin saber qué decir. M no era una persona muy sociable, no le gustaba que nadie entrara en su vida, pero aquella cara sonriente le resultaba tan familiar; quería que pasara, aunque admitiéndolo se opusiera a lo que siempre había sentido sobre los extraños.

-Pase. Sí, me acabo de cambiar de casa. Vivo con mi mujer, se llama Alicia, ya la conocerá. Ella no está ahora... ha tenido un accidente (nada serio) y no puede ayudarme - miró al suelo-. Lo olvidaba, me llamo M.

-¿M? ¿Así, a secas? -preguntó Manolo.

-No, perdone, así... bueno... Llámeme Manuel mejor -estaba harto de que le llamarán M, ¿qué gilipollez era esa? Lo mejor era empezar de nuevo desde cero, haciendo cosas de las que no tuvieras que arrepentirte. No quería engañar a nadie.

-A mí me da igual, como quieras -se disculpó- además Manuel y Manolo suena a dúo de payasos, tú el listo y yo el tonto. ¿Me dejas que te ayude o no? Hace como cuarenta años era carpintero, ¡eres un hombre con suerte!

Se rió. Tenía una voz grave y alta que retumbaba contra las paredes como si el apartamento fuera un minicine dotado de los últimos avances tecnológicos.

Era una casa pequeña: dormitorio, salón, cocina, baño. Había que montar las estanterías y el pequeño aparador del salón, el armario del dormitorio y colocar los apliques del baño; aunque esto último se perjuró Manuel que no lo haría hoy domingo.

Apartaron las cajas e hicieron sitio a la estantería del salón. Manolo se quitó la camisa y se quedó en camiseta. A José le llamaban mucho la atención los ancianos que llevaban camisetas de manga por fuera de los vaqueros. Empezaron ha montar la estantería, con rapidez. Dos personas que no se conocen trabajan rápido. Uno sujetaba las tablas y otro las atornillaba. Se caía alguno, sí, y a veces había que desmontar alguna balda, pero terminarían en poco tiempo. Manolo era muy hábil y pronto fue él mismo quien cogió las llaves y los destornilladores, mientras que Manuel se limitaba a sujetar las baldas que él apretaba. El armario del salón, donde iba la televisión, estaba parcialmente desmontado así que tampoco tardaron mucho.

 

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Cuando acabaron, Manuel se acercó hasta una bolsa de supermercado que había en la entrada; sacó dos cervezas y unas patatas fritas. Manolo aceptó la cerveza, pero dijo que no quería patatas de esas.

-No aguanto ese tipo de alimentos: ni patatas, ni caramelos, ni pipas, etc... ¿Te importa que fume?

-No, por favor. -Manuel se levantó y abrió unos centímetros la ventana, ante la sonrisa de Manolo, que encendió su cigarro y se aproximó a la ventana.

-No busques cenicero, tiraré la ceniza a la calle. No creo que desde aquí pueda hacerle daño a nadie, no puede quemarles ya, están acostumbrados: llevan mucho tiempo conviviendo con cenizas y humo.

Manuel no sabía como romper el incómodo silencio.

-¿No me vas a preguntar por quiénes vivían antes? -comenzó a decir el anciano- Es raro que no lo hayas hecho ya, es lo primero que me preguntan siempre. No, no pienses que ayudo a todos. Hay veces que estoy ocupado (llevo muchos años escribiendo mi biografía, ¿sabes?), pero me lo primero que me dicen después de presentarse.

Manolo pegó una calada.

-Vienen muy contentos y con poco dinero. Se van tristes y con mucho dinero; a veces incluso huyen, dejándose las muletas y hasta la silla de ruedas. -Rieron- Se van a casas mejores. En las afueras a veces, pero casi siempre se van directos al centro. Vienen con niños pequeños y se van con monstruitos de quince años. Entran con una niña con dos lazos rosas y un niño con un balón y se van con una veinteañera rebelde y un cabronazo engominado. Y qué decir de la esposa: entra en brazos y sale en camilla. Muchas veces le he preguntado a María (mi mujer): ¿Qué tendrá la casa de ahí enfrente para que se produzca tal metamorfosis? Es una de las razones por las que he venido, para verlo con mis propios ojos y contárselo. Sonrieron. Seguían mirando por la ventana a la gente que paseaba.

-¿Me dijiste que no tenías niños, no?

-No.

-Yo tampoco. No les he visto utilidad alguna. Inútiles para mí, inútiles para ellos -señalo a la gente que paseaba por la calle-Y un mundo aún más inútil para ellos. Me extraña que no quieras tener hijos. Cuando yo tenía tu edad cada cosa que hacía, era por ellos, por los que serían mis hijos. Esperé a que fueran las cosas fueran bien y luego fue tarde para tenerlos. Era un estúpido. ¡Esperar a que las cosas vayan bien! ¡Llevar esta vida de una forma razonable! Mira a los de la calle: van a trompicones, como si la cosa no fuera con ellos, pululan de aquí allí con cuatro certezas de tienda de artículos de broma, y les va todo cojonudamente, al menos eso nos hacen creer. ¡Toda tu vida cruzando calles sin mirar y que no te pille un coche! ¿Magia?

Soltó su lata de cerveza.

-Te estoy aburriendo.

-No, no, para nada. Si quiere que le diga la verdad, hace tiempo que necesitaba oír esto fuera de mi cabeza.

-Sí Manuel, seguiremos, pero estamos aquí para montar el armario.

 

3

 

El tiempo pasa despacio.

Montaron el resto de los muebles y lamparas y bebieron cerveza. José pensaba difícilmente podía haber pasado un día de descanso más agradable. Se sentía fuerte y cansado, y pensaba que a lo mejor tomar las riendas de su vida, enfrentarse con ella de una vez por todas, aquello que siempre le habia asustado tanto no fuera algo tan horrible.

Miraba a Manolo y pensaba: ¿si él ha podido por qué no voy a poder yo? Veía que el anciano estaba decepcionado y triste, pero no paraba de sonreír: no comprendía mucho, pero reconocía como parte de él lo que tenía a su alrededor.

Pensó en Alicia: ella también aceptaba la vida, pero de que forma tan diferente. Alicia basaba su vida en el optimismo en que las cosas fueran mejor, usaba los juguetes de plástico como máquinas del tiempo que la devolverían al pasado; por el contrario la base de la vida de Manolo era la realidad: si el tuviera la maquina del tiempo la usaría sólo para ir al presente.

En tres horas vaciaron la bolsa de tornillos.

 

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Manolo le preguntó que si habían acabado

-Si, ya está. -dijo Manuel limpiándose las manos.

-¿Pero no falta una habitación?

-No, el salón, el dormitorio, el baño y la cocina. Ya está. Finiquito, Manolo, muchisimas gracias. -rió, dio un trago a la lata y la estrujó con la mano.

-Y esa puerta, ¿donde va? -dijo el anciano señalando una puerta al final del pasillo.

Manuel miró hacia allí y quedó sorprendido. Dejó la lata aplastada sobre un radiador. No sé había fijado que el cuarto tenía otra habitación. Parpadeó. Dio un paso atrás.

-¿Dónde va esa puerta? -repitió el anciano.

Manuel dio un paso adelante, hacia la puerta.

-¿A dónde crees que va esa puerta? -decía la voz del otro hombre- ¿Una habitación para los niños?

-No -respondió Manuel.

-¿Alicia te está esperando allí? Sí, Alicia, a lo mejor -el anciano río- con el hijo que perdisteis en sus brazos y un montón de cámaras del programa más visto de televisión. O puede estar tu hermano o cualquiera de tu familia pidiéndote el dinero, intentándose convencer de que hacen lo correcto. O puede estar tu padre, con la furgoneta llena de lámparas, una dirección y tan pocas palabras como siempre. O puede estar tu madre tumbada en la cama, con un cáncer en el útero. O puedes estar tú con veinte, treinta, cuarenta años más, diciéndote que no han dado oportunidad en esta vida y, por ello, empezando a creer en el Cielo o la reencarnación.

M seguía andando hacia la puerta.

-O no, al contrario, tus colegas, esperando para que salgas, un viernes, whisky barato y guitarras saturadas contra el abismo como amplificador, diciéndote que todo ha sido una broma, o una pesadilla, ¿eso quieres?. Puede haber una fiesta en el cuarto ese, un auténtico circo ambulante. Sólo tienes que abrir la puerta para saber lo que hay detrás. El eco de la voz y las pisadas del anciano se perdían entre el silencio. M agarró empujó la puerta con miedo.

 

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Había un hombre sentado en una silla: era yo.

Estoy el centro de lo que será el salón de mi nueva casa: ahora sólo es otro cuarto lleno de cajas. Sigo con los ojos cerrados, sin escuchar nada de lo que allí fuera ocurre. Huelo la limpieza, el desorden y las cajas de cartón habituales en estos casos.

Y es M quien me dice: espera todo lo que quieras, piérdete dentro de la cabeza y dame la espalda convirtiéndome en cualquiera de tus historias, pero ni por un momento pienses que, de verdad, va a venir un hombre con voz potente a darte ánimos, a aconsejarte, a estrecharte en sus brazos y decirte que no pasa nada; alguien a convencerte con palabras de que tu vida no es esto.