ATLANTIS

 

"Último aviso para los pasajeros del vuelo IB6966 con destino Atenas. Por favor, diríjanse a la puerta de embarque número 14". Esto fue lo primero que oí al entrar corriendo al aeropuerto. No llevaba equipaje, por lo que no tenía que facturar así que fui directo hacia la puerta 14. Una vez en el Boeing 727 repasé mentalmente lo que llevó a Sonia a esa extraña llamada telefónica. A las 9,30 el contestador del móvil sonó; era un aviso de mi socia: "......encontrado.....Atlántida.....MUY URGENTE.....", aunque se había truncado la mayor parte del mensaje de Sonia, por su tono de voz supe que tenía que estar allí en el acto. Como no me daba tiempo a hacer la maleta si quería coger el siguiente vuelo, encargué el billete de avión por teléfono. Ya compraría lo que me faltara en Grecia.

Una vez en Atenas cogí un nuevo avión hasta Mykonos, y de ahí en hidrofoil hasta Santorini (el último vuelo ya había salido hacía media hora). Después de una noche en la que apenas pude dormir debido a que las delgadas paredes de la única pensión abierta que había encontrado dejaban escuchar todos y cada uno de los gemidos de la fogosa pareja de al lado, me levanté a las siete de la mañana. Acto seguido marqué el número del móvil de Sonia, la cual me informó de su situación exacta dentro de Santorini. Estaba al lado de la cara este del volcán al borde del cual se sitúa un pueblecito de la isla griega, una vez allí, debía volver a llamarla por teléfono. La ascensión hasta la cumbre fue relativamente sencilla, pues había practicados caminos para poder llegar hasta las casas allí situadas.

Una vez allí le di al botón de repetición de llamada del móvil, pero no hizo falta esperar ni al primer tono, pues aparecía detrás de unas rocas Sonia. Tenía un aspecto inmejorable, o al menos así me pareció a mí; su habitualmente blanca piel había adquirido un delicioso color canela. Además su ajustada camiseta de tirantes blanca realzaba sobremanera su figura. Pero se la notaba fatigada; sus expresivos ojos miel denotaban un cansancio acumulado de varios días.

- Hola Sonia, ¿qué tal estás? Me dejaste muy preocupado con tu llamada. Me he dado toda la prisa que he podido...

Con un rápido gesto dijo que me callara e hizo que la siguiera. Nos colamos por un agujero imposible tapado por una de las rocas detrás de las que había salido, no sin antes comprobar que nadie nos observaba mientras lo hacíamos. Avanzamos a oscuras por un estrecho túnel que nos obligaba a caminar a gatas, hasta llegar a un departamento donde había un par de teas y en donde pudimos estirar las piernas. A partir de ahí eran varios los pasadizos que taladraban la roca. Nos sentamos bajo aquella cálida luz que rompía tímidamente la oscuridad, y Sonia comenzó a explicarme. Resulta que la investigación le había llevado a Santorini como a tantos otros, pues son varias la leyendas que sitúan a Atlantis (o Atlántida) en la isla de Santorini. Allá por el 1.500 a.C. hubo una gran explosión al entrar el volcán, dentro del que nos encontrábamos, en erupción, lo cual sepultó la mayor parte de las civilizaciones de la isla, incluida la ciudad de Atlantis. Así Platón, por ejemplo, creía que !

ésta se encontraba en la costa Oeste de la isla oculta bajo una gran capa de lodo. Varias investigaciones descubrieron una serie de objetos (obras de arte en su mayoría) y otros restos que indicaban que efectivamente habían sido dilapidadas civilizaciones muy avanzadas para su época. Pero lo que le animó definitivamente a buscar a Atlantis fue un primitivo escrito Griego que se encontraba olvidado, o mejor dicho, oculto por el paso de los años, en uno de los 24 monasterios de Meteora. Dicho pergamino situaba a Atlantis en el centro mismo de la isla, justo en el emplazamiento del volcán. Sonia decidió ponerse a explorar cada centímetro del volcán, de esto hacía ya casi dos meses, y parece que su búsqueda había dado resultado; al parecer Atlantis no había sido sepultada bajo kilos de lodo, sino alzada por el movimiento de tierra. Por lo visto los túneles en los que nos encontrábamos ahora habían sido realizados por los atlantes a la hora de escapar del interior del volcán, o bien para regresar a él cuando iban en busca de algo al exterior.

El caso es que en una de las ocasiones, hace dos días, en las que estaba explorando uno de los túneles que se suponen de acceso a Atlantis, le pareció oír el ruido de varias voces. Lo que sí es seguro fue que después oyó pasos, y le bloquearon la salida con una gran roca, me dijo mientras señalaba a una piedra que tapaba una supuesta entrada. De repente no supo qué hacer. La única salida estaba bloqueada, y quedaba anulada así su elección de ir poco a poco adentrándose en una pequeña parte nada más de cada una de las cavidades. El caso es que después de gatear por el interior de aquel canal durante muchísimo tiempo, llegó a la conclusión de que debía de haber estado avanzando en círculos. Con las piernas doloridas por la cantidad de tiempo que había pasado arrodillada, se sentó utilizando la pared como respaldo. Cerró los ojos e inspiró profundamente. El aire empezaba a estar cargado de dióxido de carbono. Un frío sudor le recorrió la espalda. Intentó poner su mente en blanco. De repente, cayó en la cuenta de que no había provado a mover la roca que le impedía el paso. Con renovadas esperanzas se fue a incorporar para dirigirse de nuevo a la entrada, cuando la pared en la que se encontraba apoyada cedió. Quedó tumbada sobre la misma pared, hiriéndose la espalda con un fragmento de roca, pero ignorando el dolor al ver un nuevo pasadizo iluminado en su parte final por una tenue luz. Se dirigió rápidamente hacia ella, llegando hasta la sala donde nos encontrábamos ahora. Nerviosa por temor a encontrarse con quien le había colocado aquella enorme roca en la salida, salió lo más presurosamente posible y se dirigió hacia el hotel. De camino hacia allí, ya entrada la mañana, fue cuando me llamó por teléfono. Una vez en el hotel se dio una ducha y se echó a dormir hasta las cinco de la mañana del día de hoy. No se atrevió a volver a meterse dentro hasta ahora. Y ahí estábamos los dos...

Me acerqué hasta la enorme piedra que tapaba por completo la salida/entrada de una de aquellos pasadizos, y comprobé que resultaba del todo imposible que una sola persona hubiera podido mover aquella piedra. Además, había marcas en el suelo que sugerían que fue arrastrada unos cuantos metros. Luego examiné cuidadosamente la espalda de Sonia, comprobando que no se había hecho una cura ligera tan siquiera. Salimos de la cueva, con bastante más cuidado, al menos yo, del que teníamos cuando entramos, y nos dirigimos hacia el hotel de Sonia, pues insistí en que había que desinfectarle la herida lo primero.

Lo que allí ocurrió aquel día quizás nos marcara para toda la vida.. o quizás estaba ya predestinado. Le pedí que se recostara sobre la cama, de espaldas, después de haberse quitado la camiseta blanca, para así poder desinfectarle aquella herida. No tenía pinta de estar muy infectada, pero cuando empecé a limpiarla con el alcohol Sonia hizo una mueca, la cual provocó una gota de sangre de sus agrietados labios. ¿Acaso nos atrae el peligro? ¿es nuestro subconsciente el que asocia el vampirismo con la seducción? no sé si fue por eso o porque daba signos por primera vez de debilidad que no me pude reprimir cuando intentaba hacer lo posible por detener aquella gota que resbalada por la comisura de sus labios. Nos besamos frenéticamente, mientras despojábamos al otro de su ropa e hicimos por primera vez el amor, lenta y maravillosamente. Como si lleváramos esperándolo hacía mucho tiempo, y estuviésemos aguardando este momento hacía ya meses. Después caímos en un profundo sueño del que me despertó un cosquilleo húmedo en la oreja. Aún me parecía más soberbia que la noche anterior. Nos dimos una ducha juntos tras apurar el desayuno, y después de ponernos ropa ligera nos dirigimos al lugar de entrada de lo que efectivamente era Atlantis. A continuación del angosto túnel inicial se situaba un nuevo ensanchamiento. Aparte de la entrada clausurada por la roca, aún quedaban otras cuatro galerías, más por la que ella salió. Decidimos que uno de los dos penetrara por una cualquiera de ellas mientras el otro montaba guardia donde nos encontrábamos. Sonia fue la que se internó en el túnel, ya que al fin y al cabo ella había descubierto la gruta y tenía derecho a ser la primera que viera Atlantis. Después de quince minutos, apareció de nuevo asegurando que era una camino ciego. Pasó lo mismo en las dos siguientes, pero con la cuarta ocurrió algo bastante diferente. Tras pasarse más de media hora dentro, apareció por la que había salido en la ocasión en que se quedó encerrada. Según me explicó, aquellas dos entradas daban a un nuevo ensanchamiento con otras cinco grutas, así que nos pusimos en camino los dos, con la certeza de que aunque taponaran una de las dos salidas, siempre podríamos volver por la otra. Nos encontrábamos ya en el segundo ensanchamiento. En esta ocasión fuimos los dos los que nos internamos cada uno en uno de los pasajes. Cuando salí tuve que esperar su regreso apenas un par de minutos. Ninguno de los dos tenía salida, así que escogimos otros dos. La ley de Murphy quedó patente en este caso, pues los dos escogidos nuevamente eran ciegos, así que ambos nos colamos por el que restaba. El calor se iba haciendo patente a medida que nos adentrábamos más y más en el interior del volcán, si bien lo achacamos en un principio al esfuerzo físico, después de llegar al último ensanchamiento de aquella gruta si hubiésemos tenido un termómetro me hubiera jugado lo que fuera a que marcaba más de 40º. Nos preguntábamos mentalmente para qué querrían todas esas grutas sin salida y de las que se podía fácilmente regresar, pues como laberinto para confundir la entrada no eran muy eficaces. Por el olor de alguno de ellos, quisimos deducir que se trataba de sendos almacenes de comida, los cuales, en época de abundancia podían servir como celdas de los intrusos o incluso de los mismo atlantes gracias a varios centinelas que estaban desperdigados por numerosos escondrijos de las grutas. La razón por la que habíamos tenido tanta suerte hasta ahora es ese aspecto no lo supimos hasta llegar al final de la última gruta. Nos agazapamos los dos al inicio de una enorme caverna situada en el interior del volcán. Un larguísimo e interminable pasillo descendente acercaba al que hubiera tomado aquella gruta a las puertas de Atlantis, que brillaba con un resplandor especial. El calor que hacía allí dentro era insoportable y sin embargo no había indicio de lava por ningún lado ni de ningún otro tipo. No obstante yo recordaba fumarolas de humo azufrado en el exterior del volcán.

Extasiados totalmente ante nuestro descubrimiento, tardamos aún varios minutos en decidirnos a bajar por aquel pasillo, si bien a medida que bajábamos quedábamos más absortos aún ante lo que parecía el origen del gran resplandor que surgía de la ciudad. Los edificios parecían totalmente recubiertos de... cristal. Sin llegar a estar totalmente convencidos de este descubrimiento, apretamos el paso para cerciorarnos. Extrañas edificaciones triangulares en su totalidad se erigían ante nosotros. Efectivamente el material que recubría todas las paredes era cristal... o algo parecido. Diferentes tamaños salpicaban las idénticas formaciones triangulares, o mejor dicho, piramidales. Agudos vértices eran los techos de aquellos edificios. Sus ventanas contaban con igual estructura, si bien había un máximo de una por construcción. Las puertas recurrían de nuevo a la forma triangular, pero eran mucho más anchas. Pero si había un edificio que destacaba era un enorme prisma que se alzaba hasta el enorme techo de aquella caverna. Se trataba de la única forma no triangular, o al menos que no acababa en vértice de lo que allí había, y parecía estar hueca. Creí que se trataría de una especie de pilar.

Cuando empezamos a entrar en Atlantis nos dimos cuenta de que parecía estar totalmente desierta. Penetramos en uno de los edificios más pequeños, en lo que podríamos afirmar una vivienda unifamiliar. Nos dimos cuenta del frescor que había en el interior de las edificaciones, así como un rumor que de no ser porque nos encontrábamos dentro de un volcán, habría achacado al oleaje de una playa. Maravillados aún, salimos en dirección a otro edificio de mayor tamaño. Escaleras en forma de caracol, triangulares por supuesto, daban acceso a un mínimo de otras dos plantas más. De nuevo el frescor se dejó sentir en el interior del edificio, y ahora comprobamos que efectivamente las construcciones parecían desprender el sonido de un fuerte oleaje. Incluso parecía detectarse en el aire partículas saladas. Las referencias marinas eran constantes; había grabaciones de primitivas embarcaciones, olas, peces, y un sinfín de distintos elementos que confirieron en su día el nombre de Atlantis.

Salimos de ahí en dirección a aquel extraño prisma central. A medida que nos acercábamos, estábamos más seguros de que no estábamos solos en aquella ciudad. Tras un gran edificio se erigía la base de aquel prisma de enorme tamaño. Todo el pueblo de Atlantis parecía estar allí. Sus vestimentas parecían las de los antiguos Griegos, si bien iban en su totalidad descalzos. Adultos y niños, hombres y mujeres prestaban atención a lo que debía de ser el rey de la ciudad. Mis conocimientos del Griego clásico eran nefastos, sin embargo Sonia pudo quedarse con alguna de las palabras de aquella evolución de la lengua helénica consiguiendo elaborar algo parecido a una tradución. Por lo que pudo entender los centinelas que la habían atrapado hacía unos días, comprobaron que no se encontraba ya dentro, y la voz de alarma corrió desembocando en aquella masiva reunión. Deben hacer entrar el volcán en erupción para volver a sepultarse -, me dijo Sonia, ante lo cual no dimos demasiado crédito, pues cómo iban a provocar dicha erupción si no se puede controlar el magma de tal manera. Ocultos tras un edificio, saqué una pequeña cámara fotográfica que llevaba en el bolsillo trasero de mi pantalón. Fatal error no haberme cerciorado de que estaba el flash conectado. Se volvieron todos hacia nosotros, quienes giramos y echamos a correr hacia la salida tan rápido como nos permitieron nuestras piernas. Una gran alboroto se formó a nuestras espaldas. Dimos alcance la cuesta sacando una ventaja considerable a nuestros perseguidores, quienes parecían querer dejarnos escapar por alguna extraña razón. Cuando llegamos al principio de la serie de grutas echamos un último vistazo a Atlantis y nos quedamos totalmente petrificados por unos segundos. A través del prisma ascendía poco a poco el nivel de magma. El calor empezaba a apretar de veras, y no se veía a nadie fuera de sus casas. Quienes nos perseguían habían desistido de su empeño por saber que no tendríamos escapatoria. El nivel de lava, poco a poco, iba subiendo por aquella enorme chimenea volcánica. Ya había llegado casi a la mitad cuando reaccionamos y avanzamos lo más rápidamente posible por las galerías que habíamos pasado. Lo que comenzó como un ligero rumor se iba convirtiendo a pasos agigantados en un ensordecedor fragor. El calor aumentaba por momentos cuando llegamos hasta el primer ensanchamiento. Sin dudarlo un momento nos tiramos por el hueco de la entrada situada más a la derecha. Apenas nos oíamos entre nosotros debido al aumento incesante del bramido del volcán. A mitad de camino en la segunda gruta, Sonia desfalleció momentáneamente. Ligeras bofetadas en su ahora enrojezida cara la hicieron espabilarse y conseguir alcanzar el último ensanchamiento antes de la salida. No disminuyó en intensidad el fragor del volcán, si bien parecía salir de otro sitio, por encima de nuestras cabezas. Con algo menos de calor nos colamos por el último pasadizo hasta el exterior. Nada más asomar la cabeza nos dimos cuenta del calor que fuera hacía, cuando descubrimos que una río de lava había nacido del cráter del volcán y se dirigía hacia nuestra salida. Tan rápido como pudimos salimos del agujero, pero aquel río de lava parecía tener vida propia, y nos perseguía mucho más rápido de lo que nosotros podíamos escapar de él. Con la lava ya encima nuestra nos abrazamos fundiéndonos en un sentido beso a la par que tiraba la pequeña cámara provocadora de nuestras desgracias lo más lejos que mis mermadas fuerzas me permitieron.

Meses después de la erupción del volcán de la isla de Santorini en la que perdieron la vida dos científicos españoles, un niño pasea tras escaparse ese día del colegio, por aquel empedrado de lava negra. Cae en la cuenta de que existen varios huecos de verde vegetación que no llegó a cubrir en su totalidad el magma. El resplandor de un objetivo brilla en el ojo del chico que se dirige hacia el lugar del cual surgió aquel destello. Allí comprueba que se trata de una pequeña y sucia cámara fotográfica japonesa. La tomó en sus manos simulando sacar una foto. Se oyó un sonoro clic que certificaba que aún funcionaba, así que abrió la cámara para comprobar que efectivamente tenía carrete. Loco de contento lo sacó y lo tiró por ahí para ir a comprar uno para su nueva cámara....

 

- El Caballero de la Triste Figura.