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LA LEYENDA DE LA MUJER INCIERTA Fue
algo especial. Ahora lo sé, entonces sólo lo supuse. Un sentimiento que embargó mi alma, como el tenue soplo de la brisa que suele acariciar cuando cae el día.
--¡Eres mía, eres mía!--, repito entusiasmado. Cierto, ahora es mía, pero no siempre fue así.
* * * * * * * * * *
Llegué con los primeros calores de la mañana, bajo un sol de estío. La arena empezaba a radiar su propia energía, haciendo bullir el aire. Y olor a salitre. ¡Oh, sí!, olía a mar por doquier, y a algas, y a brisa fresca. A la vera del mar caminé por su orilla, un paisaje largo sinfín, oteando la línea del horizonte donde estaban ubicados en esos instantes mis pensamientos. Me sentía feliz, dichoso de que el océano bañara con espuma mis tobillos. Y ahí fue cuando la vi, una visión fugaz, pero de impacto. Echaba su melena al viento sobre la barandilla del malecón. Sola, quieta y distante. Pero bella, sí, muy bella. Y miraba; miraba hacia arriba, donde una gaviota navegaba por el cielo como una góndola que fuera llevada por el viento. Hasta me pareció verla sonreír con cada cabriola que ejecutaba el pájaro. Entonces supe que sería mía. Y no me equivoqué.
A un pescador que estaba trenzando sus redes le pregunté:
--¿Quién es?
Sin apartar la vista de su trabajo se encogió de hombros.
No me di por vencido. Descubrí una caracola, y llevándomela al oído le repetí la misma pregunta. En su rumor me pareció escuchar: --Pregúntale al mar--.
Ya desesperado le supliqué al mar:
--¡Oh, dime!: ¿quién es?
El mar rugió embravecido, casi enfadado por mi atrevimiento. Por fin y transportado por una ola me entregó un presente: un precioso trozo coralino de color anaranjado.
--¡Se lo regalaré!--, fue lo primero que me vino a la mente al sostenerlo entre mis manos.
Corrí como un poseso, subí las escaleras que daban al paseo marítimo, me peleé entre la turba de gente que lo colapsaba, buscando llegar a donde ella se encontraba. Pero había desaparecido.
Lloré, como nunca había llorado, siquiera de niño. Y era mi desdicha la que me envolvía, y no me dejó escapar hasta que hubo pasado un buen rato.
En esa soledad tremebunda llena de un vacío insondable me hice un juramento a mi mismo: Nada ni nadie me detendría, iba a conseguir conocerla y no me importaría el precio que tuviere que pagar.
Desconsolado, me senté sobre un banco de piedra habilitado para dar reposo a los paseantes. Observé el coral detenidamente. Era del tamaño de una moneda grande. ¡Cuál fue mi sorpresa al apreciar que llevaba grabado un dibujo! Semejaba ser la silueta de un pez, y donde debía estar situado el ojo, un agujero lo atravesaba de parte a parte. Se me ocurrió una idea: Me agencié una cuerda la cual pasé por aquel orificio, quedándome como resultado un vistoso colgante. Me lo colgué del cuello; presentía que aquel iba a ser mi amuleto de la suerte.
El sol, en su deambular por la bóveda celeste, marcó el mediodía en forma de sombras más cortas. No me había movido ni un ápice de allí, esperando que ella por un casual regresase. Abajo, la playa se estaba abarrotando de gente; docenas de familias enteras de padres e hijos, ligones de playa con pelo en pecho, un grupo de chavales jugando al fútbol sobre la arena húmeda, conformaban en conjunto una escena típica playera.
El calor empezaba a apretar con fuerza, mas mi ánimo no decayó. Vislumbré a una mujer sentada sobre la arena, con la vista fija en el océano, dándome la espalda. Ondeaba al viento su melena. --¿Será ella?--, pensé. Rápidamente me acerqué hasta uno de los muchos catalejos que para la contemplación de vistas panorámicas estaban situados equidistantes a lo largo del todo el paseo. Hurgué en los bolsillos a la busca de monedas que introducirle. La primera que logré hallar me proporcionó una visión cercana de aquella figura. Era perfecta, lucía un contorno digno de una diosa. Tenía unas caderas anchas que anunciaban un pubis exquisito. Pero no estaba seguro de que aquella mujer fuera el objeto de mis ansias. Al poco rato tuve que introducir otra moneda. Ese cabello lacio y largo, que no se movía, volaba, ese cabello la delataba. Pero fue cuando se volvió hacia donde yo estaba, cuando mi esperanza se hizo realidad. Me mostró su cara, bellísima, que no podía haber encontrado mejor cuerpo que el de la dama de mis sueños. También me di cuenta de que estaba completamente desnuda, mostrando su esplendor a todo aquel que quisiera admirarlo.
--¡Demonios!--. El visor se oscureció de repente exigiendo otra moneda que lo alimentara. Desesperado, luché por satisfacer su exigencia, pero ya me había vaciado el bolsillo.
Corrí en sentido inverso a la primera vez. En esta ocasión empleé todas mis fuerzas pos la consecución de mi objetivo, tanto, que llegué exhausto al punto en el que creía que iba a toparme con ella. No fue así, para mi desgracia se había esfumado por segunda vez. Como un loco escudriñé los alrededores. Entre la marabunta de gente que ocupaba cada centímetro cuadrado de arena me parecía ver su rostro en la cara de cualquier mujer, lejana o cercana, joven o vieja, hermosa o fea; mas como un espejismo, se desvanecía cuando me acercaba para tocarla. --¡Oh, mi oasis! ¿Dónde te hallas? Después de ésta mi larga travesía por el desierto deseo saciar mi sed en tus fuentes, quiero descansar bajo la sombra fresca de tus palmeras y hartarme de tus dulces dátiles que no son sino tus labios--
Vagué sin rumbo recorriendo todo el arenal a lo largo y ancho, visitando cada rincón, cada piedra tras la que pudiera haberse guarecido. Nada, imposible hallarla. Entonces fue cuando me acurruqué sobre la arena, sentado y con la mirada ausente. La llevaba grabada en mi mente, me sabía cada curva, cada pliegue de su piel, todas las facciones de su rostro, como si la conociese de toda la vida. Pero todavía no era mía, no.
Miré hacia el océano, ¡tan azul!, pues reflejaba el cielo claro, y me acordé del regalo que éste me había proporcionado. Froté el coral que pendía de mi cuello y cerrando los ojos imploré un deseo. Cuando los abrí de par en par, se convirtió en realidad.
¡Oh, sí! Allí estaba. Sumergida en el mar hasta las rodillas. Chapoteando gracilmente con sus manos la superficie. Revolcándose entre las olas que se peleaban por acariciarla. En definitiva, jugando como una niña inocente y hermosa. Lucía sus senos al descubierto, siempre al frente, como si de un mascarón de proa de velero se tratase, balanceándose arriba abajo con el devenir de la marejada, tan correntones, que invitaban a uno a tratar de sosegarlos.
Sentí que su desbordante naturaleza me reclamaba. Me desnudé de mis atuendos, dejando sólo el bañador, y acudí pues a su llamada. El agua estaba fría, o más bien helada, cosa ciertamente extraña para esa época del año, pero ello no me impidió adentrarme en el reino de Neptuno.
La llamé no por su nombre, ya que me era desconocido, sino dedicándole un: --¡Hermosa!--. Ella se volvió ante mi requerimiento y me observó con sus ojos verdes de increíble luminosidad. Le regalé una sonrisa, ocurriéndoseme que de ese modo haría mejores migas con ella, a lo cual me respondió con otra sonrisa. Intenté acercarme un poco más, ansiando preguntarle: --¿Quién eres? ¿De dónde eres? ¿Adonde vas?--, para luego poder suplicarle: --Por favor, permanece a mi lado para siempre--. Ante mi creciente proximidad, ella pareció asustarse, y en un visto y no visto se zambulló de cabeza escabulléndose hacia las profundidades del mar. Yo la seguí en su aparente huida; me arrojé en picado bajo las olas y a continuación buceé con los ojos bien abiertos para tratar de localizarla. A la sazón, me tuve que abrir paso entre el mundo submarino. El fondo del océano se abrió cristalino ante mí, descubriéndome sus misterios, hube de atravesar bosques de algas poblados por peces de vistosos colores, aunque por desgracia también tenebrosas simas. Me desplazaba aprovechando las corrientes y cuando no, contoneándome como una anguila. Al cabo de un rato ascendí hasta la superficie para insuflar aire a los pulmones, y de nuevo de vuelta hacia abajo. Retomé la búsqueda, pero sin resultados efectivos, ningún atisbo de su presencia, ni siquiera un rastro de su estela, sólo columnas de burbujas y peces, muchos peces. Y como el agua comenzaba a entumecer mi cuerpo, resolví abandonar mi empeño. Resoplé aliviado cuando una vez arriba, volví a respirar aire fresco.
Flotando panza arriba me dejé transportar por la marea. Entretanto, el ensimismamiento invadía mi mente; me preguntaba el porqué de su huida, que por qué el destino me estaba jugando esa mala pasada, si me brindaba la posibilidad de contemplar un ángel, por qué era tan cruel al negarme unas alas para lograr alcanzarlo.
En éstas, me di cuenta de que me había alejado de la orilla hacia una zona de gran calado, con el consiguiente peligro de ahogamiento que conllevaba tal situación, pues he de reconocer que yo no era, ni soy, un buen nadador. Y cuando me disponía a poner remedio a tal contingencia a base de aunar brazadas, un silbido proveniente de mi espalda reclamó mi atención. La mujer de mis desvelos se encontraba un poco más allá mar adentro, realizando continuos aspavientos dirigidos a mi persona. Yo razonablemente lo interpreté como signos inequívocos de que por fin aceptaba, por lo menos, entablar contacto conmigo. No cabía en mi gozo. Así, cambié el rumbo de mi natación hacía donde ella se me estaba insinuando. Como requería la ocasión, desplegué mi mejor estilo; primeramente, para impresionarla; y de segundas, para adelantar el encuentro.
Ocurrió una cosa sorprendente, de aquella no le concedí excesiva importancia hasta que fue demasiado tarde, lo cierto es que cuanto más me esforzaba en avanzar, ella se alejaba más de mí; y si paraba para descansar, ella también me imitaba. Era como una fuga constante en la que yo era el eterno perseguidor. De hecho, cuando quise darme cuenta, la costa se hubo convertido en una delgada línea sobre el horizonte. A bote pronto calculé que me separaba como un kilometro de tierra firme. Había consumido bastantes energías en llegar hasta ese punto, a lo que me convencí de que ya no había posible vuelta atrás. El agotamiento estaba haciendo mella en mis músculos, y a ese paso no tardarían mucho en rebelarse contra el trabajo forzado al que les estaba sometiendo. Pero si ella era capaz de aguantar ese endiablado ritmo, por supuesto que yo no iba a ser menos.
Una niebla levantisca empezó a enturbiar el ambiente, encerrándonos en una atmósfera vaporosa que nos aisló del mundo y, hasta yo diría, de la realidad.
--¿Qué pretendes? --le grité preso del nerviosismo.
Ella no me atendió y siguió en sus trece.
Cuando yo ya temía que me iba a vencer el cansancio, apareció ante nuestros ojos una solitaria roca que emergía como un bastión de solidez en medio del retranqueante océano. La mujer se subió a la misma, para de seguido sentarse en un resquicio. Una vez que se acomodó, cantó. Sí, salió de su garganta la más bella canción que mis oídos nunca antes hubieron escuchado, siquiera en sueños. Quebraba la voz con tanto embelesamiento y gracia, que no pude menos que quedar completamente hechizado.
Nadé hasta colocarme bajo su mirada. Ella se entretenía atusándose delicadamente el pelo con las manos, pero sin dejar de entonar su melodía. Trepé la roca para plantarme delante de ella. Una vez que me tuvo frente a frente, cesó en su canto, se incorporó en frágil equilibrio sobre la roca y rodeando mi cintura con sus brazos acercó sus labios para rozarlos con los míos. Se desprendieron chispas al simple contacto. De buenas a primeras me quedé impresionado por su impulsiva actitud, pero luego me relajé y comencé a besarla apasionadamente.
Nuestros cuerpos húmedos se entregaron el uno al otro. Saboreé su piel morena, sorbiendo la sal incrustada.
De súbito, ella me empujó un paso hacia atrás, lo suficiente para que yo perdiera el equilibrio y me cayese al agua con ella encima. Esto no sirvió para separarnos, sino que continuamos enzarzados en nuestra soba. Nos mantuvimos a flote bastante tiempo hasta que por el peso y cansancio nos fuimos dejando hundir lentamente.
Me pareció estar atravesando el instante más hermoso de mi vida. Giramos y giramos bajo el agua y nos fundimos en un solo cuerpo y espíritu, acompañados únicamente por el silencio del fondo del mar. Los rayos solares atravesaban el líquido elemento produciendo reverberaciones luminosas, procurando un ambiente mágico para nuestro amor. Unidas nuestras bocas tomábamos el aire el uno del otro.
Con el tiempo la respiración se fue haciendo más dificultosa, supe entonces que era llegado el momento de abandonar la inmersión. Pero por más que lo intenté no lograba despegar mis labios de los suyos. Me empezó a invadir la angustia acompañada por una sensación de ahogo. Quise zafarme de su abrazo, pero ella se negaba a soltarme. Y lo que era peor, nos estabamos hundiendo cada vez más y más hacia la oscuridad del abismo. Acuciado por el terror me revolví como un descosido, incluso llegué a tirarle del pelo a aquella mujer. Su cara, otrora dulce, se había transformado en la expresión de la maldad pura, se sonreía maliciosamente mientras me arrastraba hacia el fondo. ¡Estaba atrapado! La fuerza bruta que utilizaba para desasirme resultaba ineficaz. Parecía estar bailando la danza macabra de la muerte. El oxígeno de la sangre apenas daba para regar mi cerebro, a lo que no tardó en abandonarme la consciencia para volar hacia el sueño..., quizás eterno.
* * * * * * * * *
Cuando abrí los ojos, me encontré tumbado dentro de una barca, y remándola, un pescador. Hubiese jurado que era el mismo al que había preguntado en la playa.
--Ella... --fue lo único que atiné a soltar en mi delirio.
Aquel hombre puso cara de resabido para afirmarme:
--Lo sé. Eres el primer incauto que ha logrado sobrevivir a sus encantos.
Y luego, señalando el colgante de coral que adornaba mi cuello, me aseguró algo más:
--Eso te ha salvado.
Me lo acerqué a la vista para cerciorarme de aquellas palabras, y fue cosa insólita, pues donde debía estar perfilado el pez, había aparecido como por arte de magia... ¡el contorno de una sirena! Lo apreté con fuerza dentro del puño y arqueando los labios a modo de sonrisa me dije:
--¡Eres mía!
* FIN *
- El Corsario Negro.
 
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